El desastre es no recordar

La memoria trasciende lo fáctico. La memoria se alimenta de subjetividad; es interpretación, actualización y proyección. La memoria no es el escenario donde los sucesos se teatralizan y se repiten una vez tras otra, sino la persistencia encarnada de una vivencia.

La huella humana se imprime en el territorio: encontramos edificaciones, símbolos, ecosistemas manipulados y monumentos a la naturaleza humana y no humana. El territorio también imprime huellas en sus habitantes. Un tipo de fenómenos permite evidenciarlo directamente, las catástrofes. 

Recuerdo que uno de mis profesores de la universidad resalta, con insistencia, que los desastres nunca son naturales ―por lo menos en el sentido convencional de “natural”―, pues todos están mediados por la exposición humana a un evento potencialmente perjudicial. Tampoco son resultado de la profecía de una “mala estrella”, como sus raíces lo sugieren. En este sentido, un desastre se puede concebir como la conjunción espacial y temporal de un ―o más― fenómeno físico, químico o biológico (factores de amenaza) con una serie de características de la sociedad ―tangibles e intangibles― que le hacen susceptible a ser dañada (factores de vulnerabilidad). Esto es lo que se conoce como la perspectiva social de la construcción del riesgo de desastres1.

Cuando se habla de un desastre, es necesario pensar en vidas perdidas o lesionadas, pero también en todo aquello que permite sostener esas vidas. Un desastre pone en entredicho la seguridad de continuar viviendo en un lugar con unas condiciones básicas. Un desastre produce marcas que perduran. 

¿Quién borra las huellas del lahar que sepultó a Armero? ¿por qué el horror y los gritos no se subliman con la carne que devora el incendio? ¿cómo un tsunami, en lugar de borrar las huellas de quienes caminaban en la playa, las hace indelebles?

En este relato, llamado «Lloran los guaduales», Alba Lucía da cuenta de cómo el desastre habita el recuerdo, a la vez que explica estos acontecimientos como algo más allá de los designios biofísicos: profundiza en la desigualdad social, las condiciones de ocupación del territorio y arquitectónicas.

Si bien la perspectiva social de la construcción del riesgo de desastres evolucionó desde 19942, es importante conocer la perspectiva de la autora, quien desde los 70s lograba explicar de manera similar la ocurrencia de catástrofes. Alba Lucía Ángel no era geóloga, urbanista, ni arquitecta; pero fue geóloga y urbanista y arquitecta a partir de la literatura.

Notas

1 Narváez, L.; Lavell, A. y Pérez, G. (2009). La gestión del riesgo de desastres: un enfoque basado en procesos. Lima: Proyecto Apoyo a la Prevención de Desastres en la Comunidad Andina - PREDECAN. Recuperado a partir de: http://www.comunidadandina.org/predecan/doc/libros/procesos_ok.pdf

2 Blaikie, P., Cannon, T., Davis, I. and Wisner, B. 1994: At risk - natural hazards, people's vulnerability, and disasters. London: Routledge

Sobre los desastres y la gestión del riesgo de desastres en Pereira:

Vásquez Morales, H. J. (2018). Degradación ambiental y riesgo de desastres: implicaciones en el ordenamiento territorial de la ciudad de Pereira [Tesis de Maestría en Ciencias Ambientales]. Universidad Tecnológica de Pereira.


Lloran los guaduales

[texto en ¡Oh gloria inmarcesible!, de Albalucía Ángel, 1979]


Lloran, lloran los guaduales
porque también tienen alma

[Canción popular]


Se ven bonitas, lindas, como sacadas de un pesebre, son casitas de guadua. Los arquitectos viven aterrados de la imaginación de esa gente que las construye allá en el filo de la montaña pues es el único terreno posible ya que no tiene dueño, o al menos el gobierno se hace el manuel: el de la oreja mocha. A uno verdad le parece más bien como si se fueran a desbarrancar por ahí hace dos inviernos cuando subió la creciente del Otún y el piso se fue graneando, poniendo a desgracias, gritaron como a las cinco de la mañana pues empezó como si fuera un remezón de tierra y el bamboleo duró un rato pero no el suficiente para dejar salir a todo el mundo de las casas, biringos, con lo que fuera, con un pedazo de torta de chócolo, como salió don Argemiro, o con batola y sin más nada, una gallina fue lo que acordó sacar un muchachito que no salvó sino eso, pues la familia entera se quedó bajo tierra. Fue muy duro.

Mucha imaginación, eso dicen. Empiezan por escoger la guadua en el plan de Dosquebradas que es donde se da más fina y más verdosa, porque eso sí, para que dé el color y el resistor esa tierra es bendita, y hasta allá van, en carro de bestia. Cómo será de fértil esa tierra que un señor que vino de la costa preguntó que qué eran esos árboles tan lindos y un hombrecito de por aquí le contestó que son las zanahorias, como así, balbuceó el hombre, y quedó boquiabierto; descrestado. Las guaduas. Hasta les hicieron un bambuco. Son pura geografía, terruño, aire de Caldas y olor a falda de hembra. Cuando va siendo la hora de la oración y los trabajadores van recogiendo la herramienta y regresando del recatoneo en busca de mazamorra, más de uno se pierde entre ese monte pues las muchachas se entresijan en medio de los guaduales y comienzan las risas, los silbidos de toche buscando hembra, el retozar de mozas pizpiretas: cuánto muchacherío de por aquí no habrá sido hecho con la alcahuetería de tanto olor a helecho crespo y ese sombrío que se columpia encima de uno adormeciéndolo con ese ruido a quebradita y le provoca a uno es extender su hamaca para quedarse allí debajo, como la gloria: eso es.

Nadie se explica, en realidad, porque nadie les ha enseñado cómo. Es la intuición, más bien. La malicia, que llaman. Ellos saben a ojo qué gruesor necesitan, cuáles son las maduras y cuáles son las viches, porque eso sí, depende. Las colocan al sol o al agua da lo mismo pues hay quien asegura que si se dejan cuatro noches seguidas después de la menguante no hay temblor que las tumbe ni candela que prenda y la labor de esterilleo es cosa fina, para eso sí son fieras.

Allá las ve, vistosas. Un arquitecto de Bogotá les preguntó que cómo hacían para inventar tanta pirueta, tanta ventana tan bonita, fue que les dijo, con los diseños dizque tan novedosos, originales, le comentó a un doctor que estaba recorriendo cocinas, aterrado, parecen bodegones de no sé cuál pintor, ya no me acuerdo, fue la respuesta del otro al observar olletas, los platos en hilera, todo esmalte Corona, yo, pero limpiecito, pulido, un vasito con crisantemos o con boquedragones o dalias, nunca falta, y el piso reluciente, como si fuera embaldosado, porque la tierra es dura, lisa.

El barrio Alfonso López siempre ha sido el modelo. Han venido distintas comisiones dizque a estudiar las estructuras, y no hay quien no se aterre cuando las ve colgando del barranco: cinco pisos atrás dando la cara al río y uno adelante, frente a la pura carretera.

Colgantes, dicen, igual que las de Cuenca, le explicó el ingeniero a don Facundo, que es dueño de la mejor carnicería y se fajó a charlar con el doctor pues uno nunca sabe, a lo mejor el ganado de levante sufre un alza. Porque tiene fama también, eso sí. Nadie mata mejores bestias que aquí en la orilla del río, la carne siempre es pulpa. Toda esa gente vive de lo que haya por aquí. Vinieron casi todos del monte y como es región de nadie porque en la zona del río nadie manda, los de este lado dicen que el municipio de Pereira y los de allá que Dosquebradas y total que esto es muy lejos para mandar destacamentos y  mejor se hacen los bobos y así el ladronerío se refugia tranquilo porque no vienen los cachuchos y nadie pide cuentas. De pronto, cuando viene algún médico. O en casos como el de hoy. Pero eso es raro.

Ahí están Libardo y Luisefe por ejemplo. Contrabandean Malboro y los ofrecen en la gasolinera de Argemiro Molina y todo el mundo sabe que no es sino tanquear el carro y de una vez los cigarrillos y si hace falta lo otro porque si algún día se le ofrece le basta con que diga que tanto de gasolina y después cinco pesos y el man se le aparece con su paquete de mota, tranquilino. Aquí uno se rebusca.

Muy lindas, eso sí. Ese ingeniero dijo algo parecido. Que dizque allá en Holanda un pintor holandés que dizque las pintaba igualitico, el armazón de afuera así como esas y la gente en vitrina pues la luz de la esperma los hace distinguir, piso por piso. Qué señor tan sabido. Se puso a medir tierra, a puro ojo, el vergajo y qué no dijo. Siempre es que tenemos gente que sabe harto, además tan viajada, tan recorrida, eso es un lujo. Desde aquí, desde este guayacán hasta el matojo grande que ve allá, ese con trinitarias blancas y amarillas, llegaba el llamerío y se comenzó a ver el humero más arriba de La Popa fue cuando me abrí a correr pensando que la tienda de Liborio estaba ardiendo y al llegar me encontré con mi sobrino Asdrúbal despavorido pálido se prendió el mundo tartamudeó pues es boquinche de nacimiento y arrancamos los dos y en tres zancadas fuimos a dar al río donde la gente se apiñaba porque el calor era berriondo, no había de otra. A la vieja Ubaldina la sacaron vuelta un chicharroncito, así, puro chamusco y los dos nietos se refundieron en el monte pues dicen que ellos fueron los que prendieron la candela dizque jugando con el fogón de leña. La gente se paró a ver el espectáculo en la subida de Bavaria y los bomberos se portaron muy bien. Fueron siete las casas. Ahí ve los esqueletos. 

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