Golosinas de caña agria

Colombia es un país intrincado y complejo. Tal vez, se me dirá, muchos otros lo son. No tengo nada qué objetar. Vivir en Colombia, recorrer sus caminos, hablar con su gente, son experiencias fragmentarias, tal como lo es el pensamiento mismo.

La forma en que Albalucía escribe «Colombina, la golosina de verdad» responde a esta misma lógica. Entre la huelga de los trabajadores del Ingenio Riopaila en 1976; vistazos a la violencia de estado —paramilitarismo— y a sus efectos en la vida de Agripina; descripciones de las dinámicas del territorio, así como sus transformaciones; fijaciones particulares, sensaciones, actividades; e incluso elementos de la cotidianidad, como marcas de cerveza y de zapatos; Ángel produce un tejido que nos remite a la complejidad del mundo y sus representaciones.

Su narración tampoco es unívoca; en ella se imbrican, además de una vocecita omnisciente, las voces de Elías y Agripina, su madre. Ellas no hablan sólo de su historia particular, también hablan de las condiciones económicas y laborales de una región del país marcada por la desigualdad, por la transformación de sus campesinos en proletarios y por la deslegitimación de la protesta de estos obreros, que, en últimas, desembocó en su criminalización y persecución.

En este entramado, se describen cambios en el paisaje y en las actividades humanas. Da cuenta de transformaciones en el territorio agenciadas por la huelga del Ingenio. Así como cambia lo olfativo, cambia lo sonoro; cambia el ritmo de la vida y de las labores; cambian vidas enteras, arrojadas a un panorama de incertidumbre e iniquidad.  
Van a creer que uno es pendejo. Aunque ya no nos apoyen los periódicos, la prensa muda y aquí con tentequieto, a nosotros qué le hace. Que se aguanta se aguanta. Ya qué más... Nos tienen de la leva ya hace rato. El pueblo ya no es pueblo. No es nada. En la panadería ya no hay pan, la tienda de las Robles no vende ni un carrete de hilo, ni una aguja. Ya ni panderos ni cocadas hacen. El bar parece un cementerio de tan oscuro y tan vacío de gente. Asustan en las calles. Las noches de pachanga que fue esto al principio, con salsa y rumba a tutiplén, las peladas cantando con la murga, las hembras en el porche jalándole a la lengua mientras se daban viento con el abanico de hoja, uno tomándose su amarga, haciendo cuentas para cuando ellos cedieran a nuestras peticiones, todo eso fue acabándose. Se acabaron las pilas para los transistores. Se acabó la cerveza. La risa. La esperanza. Se agotó todo, hasta la tinta china que nadie había comprado nunca, no hubo más velas y quedó el pueblo a oscuras, en susurros, pues las paredes tuvieron siempre oídos, no se olviden, fue la consigna entonces, y nadie volvió a hablar ni tan siquiera para las buenas noches, ¡mierda!, dijo en voz alta, pateando el tronco de la palmera, moviéndose despacio porque la cola había avanzado ya como tres metros. Sintió la arena en los zapatos, se me rompieron ya los Croydon, puta vida, y en tanto que aflojó el cordón con una mano, apoyando en la arena una rodilla, vio los cachuchos bajándose en la entrada, formando un escuadrón, rompiendo filas.
Entre las líneas de este relato es posible figurar una realidad que trastocó un país completo, pone en tela de juicio el actuar de una familia —Caicedo— y sus empresas —Riopaila y Colombina, entre otras—, pero también el de una nación que, por medio de su institucionalidad, respaldó y dinamizó el despojo, la marginación, la homogeneización y el empobrecimiento de un territorio a costa de sus habitantes.

Sin más, el relato de Albalucía, contenido en el libro «¡Oh gloria inmarcesible!», de 1979.



Colombina, la golosina de verdad

[texto en ¡Oh gloria inmarcesible!, de Albalucía Ángel, 1979]


A Augusto Roa Bastos


Qué mierdero, se dio de pronto cuenta Elías, y no era porque no lo pensara a cada rato. Va a ser seis meses de esta hijuemadre situación y nos van a clavar, eso va a ser, no puede ser que nos declaren a cada rato los culpables, ahí vino esa Doña, la Ministra, muy buena voluntad, nos explicaron, ahora sí el arreglo, a ver pues, listos, les dijimos. Con ella sí porque es mujer bragada, había que verla cuando mataron a Mercado la perorata que se echó, como dos horas y sin papel ni nada, a mí me hervían las venas delante de la tele pues nos arrejuntamos todos donde Argemiro Montes, que todavía tenía corriente en ese entonces pues se robó dos cables y hacía la conexión debajo de cuerda, qué arrevolveramiento hijue los diablos, qué Doña tan sabida. Bueno, a ver pues, cómo es que canta el gallo, pero salió con chorro de babas: que si rompimos muchas máquinas, que hay que tener más claridad, que si los sindicatos, que el señor presidente, que si la mierda del culo, mi señora, ya estamos hasta los mismos huevos de hacer fila para pedir tres pinches granos de arroz con su tajada de plátano, de no pegar el ojo echando cuentas porque ya no hay ni el sitio donde caer cadáver, qué es lo que quieren los vergajos, a ver, que digan pues: qué más les hace falta para llenarse de oro los bolsillos; y se quedó parado al lado de la palmera, mientras sentía el frescor secándole la espalda.

La tarde se arrebola y el Valle está incendiado de luz de sol poniente, de colores violáceos y amarillentos que estallan en el aire como petardos de una feria, y hay un viento del sur, fresco, sabroso.

¡A ver, cabo... ponga esa vaina aquí...!, allá no, maricón, ¿no ve que así le sale el tiro por la culata?, ¿para eso fue el permiso?, ¿cómo creer ganar la batallita, negro, boleando nalga por las noches, comiendo mulaticas en Juanchito mientras los tuntunientos esos se apertrechan?, poné esa vaina así, ¡derecha! ¡derechita!, huevón, y uno qué va a saber, refunfuñó hacia adentro el cabo Téllez mientras trató de enderezar lo más posible el rifle, con el canuto al sesgo porque las manos le temblaban. Del guayabo, será, no se tomó sino media caneca de anisado, no había ni tiempo, mulaticas... ¡qué risa! Si les huían a todos como si fueran apestados, ¡la huelga del putas!, quién la entiende, si están todos en Babia. Los de arriba tratando de apañar lo posible porque más pierde el pato que el que le está tirando y los de abajo tieso y parejo, resistiendo, colgados de la brocha, convencidos de que la luna es pandequeso, que con tener razón y emberrincharse van a sacar tajada, y allá iba Elías. Como un pobre pendejo haciendo cola con la olletica remendada, sopa de arroz con plátano, todos los días lo mismo, cómo es que no se jarta, valiente man tan teso este berriondo, dizque marica yo, como si no supiera todo el mundo que él le tupe a los manes allá en el Joncamonca, ¡quihubo Elías!, saludó con desgano para que no se le notara ese cabreo, pero él no parpadeó, no se inmutó, permaneció muy rígido, como si fuera de piedra.

Los cañaduzales se agitan suavemente con el viento del sur y el frotar de las ramas hace ruido de llovizna, cadencioso. No hay olor de trapiche. Ahora el sonido de las máquinas ha sido reemplazado por rumores distintos. Por el bullicio de los niños, que no tienen escuela, o por las voces de las hermanas Penagos, las maestras, que son las encargadas de leer, al desayuno, mediodía y la hora de oración, las planillas que están clavadas en la Cooperativa y así enterrar a todo el mundo de los que han sido despedidos. De vez en cuando, el estridor de los camiones del ejército o del vocerío de los soldados, que se atropellan delante del equipo de camionetas blancas con la bandera americana, que les reparte Coca Cola y unos sandwiches gringos. Por lo demás la barahúnda de antes, la algarabía de las muchachas saliendo de la fábrica y esa algazara de los peones al acabar faena y regresar a casa y aquel chirrido de las devastadoras sacando filo a los machetes, eso ya no se siente. Se acabó el alboroto que preludiaba la alborada. El tableteo de mezcladoras. El retumbar constante del trapiche moliendo, el murmullo de la miel cayendo en los pailones, el crujir de los goznes de las trituradoras, el ronroneo de los molinos, la bullaranga de los trabajadores, el bullicio del Ingenio. Ahora todo es mutismo. Hermetismo. Reserva. Las gentes andan con sigilo, los ruidos se oyen sordamente, muy quedos, como si en vez de ser Riopaila, fuera una iglesia, donde viven.

Con que quihubo, qué más, que ha habido pues de nuevo, sabés que yo me cago en eso, berriondito, el que tiene un fusil, botas de cuero, la correíta fina con la hebilla de plata, y el otro día me chiviaron que estabas muy de arrecho arrastrándole el ala a mi sardina: que la invitaste a Pilsen, tirando paso hasta la medianoche, bailando en un ladrillo, alardeando que soy el tigre de la salsa, la fiera parda para el tango y que la resobaste hasta que te supo a cacho pues ella no se atrevió a ni mu por puro miedo, me dijo el otro día: si no te dejas le cargamos la mano a tu moreno, la asustaste, cabrón y cuando se la trataste de meter, allá a la orilla del Cauca, no se te puso dura ni siquiera, por más que la obligaste a que te la mimara con la mano, quihubo tu madre, negro de mierda, y se hizo el tonto. El que eso no es conmigo.

Van a creer que uno es pendejo. Aunque ya no nos apoyen los periódicos, la prensa muda y aquí con tentequieto, a nosotros qué le hace. Que se aguanta se aguanta. Ya qué más... Nos tienen de la leva ya hace rato. El pueblo ya no es pueblo. No es nada. En la panadería ya no hay pan, la tienda de las Robles no vende ni un carrete de hilo, ni una aguja. Ya ni panderos ni cocadas hacen. El bar parece un cementerio de tan oscuro y tan vacío de gente. Asustan en las calles. Las noches de pachanga que fue esto al principio, con salsa y rumba a tutiplén, las peladas cantando con la murga, las hembras en el porche jalándole a la lengua mientras se daban viento con el abanico de hoja, uno tomándose su amarga, haciendo cuentas para cuando ellos cedieran a nuestras peticiones, todo eso fue acabándose. Se acabaron las pilas para los transistores. Se acabó la cerveza. La risa. La esperanza. Se agotó todo, hasta la tinta china que nadie había comprado nunca, no hubo más velas y quedó el pueblo a oscuras, en susurros, pues las paredes tuvieron siempre oídos, no se olviden, fue la consigna entonces, y nadie volvió a hablar ni tan siquiera para las buenas noches, ¡mierda!, dijo en voz alta, pateando el tronco de la palmera, moviéndose despacio porque la cola había avanzado ya como tres metros. Sintió la arena en los zapatos, se me rompieron ya los Croydon, puta vida, y en tanto que aflojó el cordón con una mano, apoyando en la arena una rodilla, vio los cachuchos bajándose en la entrada, formando un escuadrón, rompiendo filas.

Se sufre mucho, hijito, dice la vocecita de Agripina con un deje valluno, con ese sonsonete de quien jamás ha estado acostumbrado a la felicidad ni a la riqueza: yo he visto muchas cosas. Yo vide la violencia en carne viva, la viví, mejor dicho, allá en Bugalagrande, ¡Dios nos libre!, y se persigna por tres veces, y él se imagina a Elías, tan alto y tan fornido, tan bueno como el pan, como ella dice, con su olla remendada haciendo cola porque el arroz no alcanza y hay que apretar los pantalones pues escasean los víveres, fue el boletín del sindicato.

Yo fui a buscar a mi muchacho, y usted va a perdonarme que yo lo llame así pues ya era un hombre grande, jecho, se distinguía a la legua por lo altote y jayán, dice con ese amor de quien los vio salir de entre sus manos. Yo misma los recojo, quién sino yo, niñito, y el Señor, ¡claro!, él nos ayuda en ese trance, que son los catorce ya. Catorce partos buenos, porque los otros cuatro se murieron, qué se le hace: esa es la mano de Dios, y él asiente con gestos, mientras prepara los lentes de la máquina, el reportaje del siglo, hermano, y comienza las fotos buscando siempre el ángulo más chévere. Agripina mirándolo con los ojitos huecos, opacados, gesticulando con sus manos que más parecen de hombre que de esa mujercita, por lo nervudas y lo fuertes, y sin darse muy bien cuenta de las cámaras ni de la grabadora, prosigue hablando, hablando.

Llegué como a las cinco y comencé a buscar. Me fui directo hasta el ranchito porque sabía dónde era, les toca hacerlos a ellos mismos, así de bajiticos, y él tenía que agacharse para poder entrar: Elías, ¡Elías!, grité, pero ni un alma, y entonces ví su camisita allí colgada y nada de él, por Dios santo bendito. Me fue entrando temor pues vi la policía que comenzaba a merodear, y fue como la voz del cielo que me avisó, mi niño, y quién si no. Figúrese que el día antes yo le dije a Pompilio ay niño, no sé: yo no tengo ni ganas de asistir al oficio, y usted comprenda hijito que el Oficio es sagrado, que el Señor es primero, pero yo con qué ganas pues me zumbaba la cabeza y desganada, y mi marido insistió que hiciera un esfuercito y ese día ni con qué dar limosna, pero siempre nos fuimos. Hace una pausa en la que él aprovecha esa expresión como alelada, los ojos muy abiertos, las manos desvaídas, cruzadas en la falda, la cabeza cubierta por una pañoleta de colores violentos, inclinada hacia un lado, así, Agripina, no se mueva, y entonces ella se despierta, ya, niño, me asustó, y en qué era que íbamos, se me fue la paloma, y por primera vez la risa se le escapa pero con gesto rápido levanta el delantal para cubrir el rostro y proteger así la boca, porque tiene la encía sin un diente. ¡Ah, sí!, llegamos a la iglesia y allá el hermano Rafael me preguntó (no hermano de verdad, sino hermano en la fe, porque usted sabe, yo soy evangelista), ¿qué le pasa hermanita?, y yo le conté entonces lo del presentimiento. No se confunda, hermana, que todo tiene arreglo, y al terminar con el Oficio me dio los veinte pesos, y me arranqué en un bus hasta el Ingenio.

Cuando me sirvan este cabrón arroz hay que mirar la lista, decidió Elías, pues no le paró bolas a la lectura de las Penagos: a ver si hoy me mocharon, y en eso oyó los gritos: ¡no más fotografías!, ¿me entendieron, güevones?, ¡no más, les dije!, aquí esta vaina no es un circo, ¡yo tengo órdenes! Y era mejor no andar buscando pues allá mi cabo está berriondo, el pija-hermosa, el que se ajusta la correa y echa mano al revólver amenazando al periodista que retrocede sin chistar con los brazos en alto mientras que dice bueno, bueno: ¡u a ver cómo lo entiende, porque a usted mismo le conviene!, ¿me oyó?, que sí, que claro, que váyase a la porra, sin ni siquiera abrir la boca y montándose en el jeep, porque así por las buenas ni manera, y el berriondito sigue ahí: envalentonado, nervioso, culo inquieto, sacando el pecho y acomodándose las huevas, el casco; ¡quién lo ve!

El cabo Téllez percibió la mirada de Elías desde lejos. Se dio media vuelta y decidió medirlo con la suya, salaz, irónica, alterada. Qué se estará creyendo, tuntuniento. Y va a perder, que es lo más peor. Se lo dije en mil tonos y hoy resolvió que ni me determina cuando hasta los Pielroja le consigo, tan pendejo. Si esto es pelea de toche con guayaba madura, en la opinión de mi sargento, que amaneció verraco, vean pues. Lo del permiso lo jodió. ¿Será que Elías supo todo lo de la sardinita? Si ni siquiera me la comí del todo y eso que la muy puta se me puchó solita y abría las piernas para que yo se la metiera diciéndome ay papito y al fin se fue con los dedos y ahí sí que la gozó, se vino como gata montesa, arañando a los gritos, no, qué va a ser... no puede haber sabido, ¿de cuándo acá tanto remilgo, entonces? Va a perder él. Los ricos nunca pierden. Aquí tiene la muestra, mejor dicho: va a dar el agua al bozo. Ya se los explico muy claro la ministra, que no ha tenido pelos en la lengua, rompieron esas máquinas y hastai si no, qué tanto rebullicio.

¿Quiere un traguito de chicha, mijo? le ofrece haciendo señas a una de las muchachas, que hace rato anda novelereando por el patio para así ver al forastero, y le dice que sí, apaga el aparato, se quita la chaqueta y mira el cafetal, que ahora está en flor. Bonito, dice, y Agripina le explica que el patrón angurria ahora casi todo el producto de la cosecha y que este año amenazó la plaga de la roya pero que por fortuna y la ayuda de mi Dios no fue sino una alarma, ¿ve la loma de allá?, señala con uno de sus dedos torcidos por la artritis: eso es puro oro, mijo, tuito siembra de arábido que es el café legal, esa mata de caturra a mí no me convence, y se deshace en florilegios hablando del paisaje, los pájaros, el cielo. ¿Por dónde íbamos?, ah, bueno, parezco disvariando, es que yo ya ni sé, de tan nerviosa que ando. Llegué como a las cinco, ya le digo, pero él estaba refundido, nadie en el rancho, salí a ver para afuera cuando sentí de pronto que alguien me saludaba, hola Agripina, y era un amigo de él, un tal Nemesio, ¿está buscando a Elías?, y yo que sí, con el alma en un hilo, pues nunca quise que mi muchacho se enredara en esa huelga. ¿Está buena la chicha? ¿le doy más?, pero dice que no que muchas gracias, que le siga contando, mientras pura el fondo del vaso. Es de piña, muy rica, ¿seguro que no más?, y para no desanimarla le responde que bueno, que un poquito.

Agripina deja el asiento de guadua y se dirige ella misma a la cocina con el paso cansino, menudito. El se queda mirando hacia el paisaje, donde montañas bajas y acordonadas de fin de cordillera descienden hacia Obando: debe ser chonta, piensa al notar las palmeras, que se recortan a lo lejos como si fueran puestas en pesebre. Agripina regresa con el vaso de la bebida opaca amarillosa, se entretiene por un momento quitando hojitas secas a un macetón de nomeolvides y desde allí le sigue: ¡qué está pasando aquí...!, con su cara rugosa haciendo gestos de asustada. ¡Qué está pasando aquí, Dios santo!, le pregunté a uno de esos hombres armados, y él, no señora, nada, es cosa de rutina, pues mientras conversaba con Nemesio se le arrimaron dos a requisarlo. No se preocupe doña que Elías se fue al río, me aseguró cuando los chulavitas lo cacheaban, y me volvió de inmediato el alma al cuerpo, porque es que uno es así, mijito, sufre mucho.

Se termina hecho fiambre, reflexionó, mientras que sostenía la mirada feraz que el cabo Téllez le lanzaba con un aire de allá te caiga muerto yo me cago en tu madre, malparido: mejor no andar buscando. Aguantar duro, fue la orden, y así lo hicieron pues los del sindicato sabían muy bien los pormenores, fue explicación de don Eladio, y él por supuesto que sí: firmes, mi llave; y esto es mierda, insistió, cuando cayó en la cuenta de lo desmantelada de la zapatería. Ni a eso volvió nadie. Ni a remendar siquiera los zapatos.

Jamás había yo visto a mi muchacho en esa situación, Virgen santísima. Iba con su olletica, haciendo cola, y no me vio, yo sí, porque era un jayanazo, ya le digo. En mi ranchito no es que sobre, pero bendito Dios, tampoco tanto. Los ojitos hundidos tienen de pronto como un chispazo de cólera. Algo que la hace pensar en cosas malas porque se lleva las manos a la cara y musita una frase que él no entiende del todo pero adivina dura. Diosito me perdone... termina en un susurro, mirándolo de frente. No hay que ser altaneros, es pecado.

No quiero ni contarle. ¡Niño! ¡Eliiítas...!, llamé cuando lo vi con la olletica, allí parado haciendo fila, y él se volteó azarado porque es que un hijo mío jamás se ha acostumbrado a andar así, me entiende niño, perdone que le diga, no es por yo dármelas de más, somos muy pobres pero honrados, y me dio un vuelco el corazón, para mejor decirles: se me saltaron unas lágrimas. Elías, mijito, grité boleándole la mano como si yo estuviera muy contenta, y el niño, pobre, tuvo que hacerse el bobo, me di cuenta, ya voy, me estaba haciendo señas cuando sentí las balas. ¡Jesús, misericordia! Yo estaba como quien dice aquí parada, al lado de una señora y un muchachito así de grande, y Agripina señala como la altura de sus hombros, enteleridos, pequeñitos, tapándose la cara como evitando ver el espectáculo. Un mocosito así, me acuerdo que era rubio, y los ojos hundidos se le enturbian, se humedecen mientras lo mira desde aquella memoria estremecida, aquel tumulto hosco de policías, el ruido de las balas, el niñito cayendo, un tiro de aquí a aquí, mostrándole la oreja.

La tarde se oscurece y el Valle está impregnado de olor de camia fresca, del aleteo nervioso de tórtolas y garzas que dejan los potreros para buscar un árbol grande, de cobijo, y el aire fresco se amaina, se retira.

¡Puta...!, ¡los tiros...!, alcanzó apenas a gritar Elías pues lo demás fue un tramacazo como patada de mula, un ardor en el pecho y después niebla, todo borroso y las piernitas blanditas, el sabor de la tierra entre los dientes, porque trató de decir mierda otra vez pero los labios de movieron sin dar sonido alguno, un estertor como un mugido, me pegaron, cabrones, debió pensar seguramente, pues hizo el movimiento de sacarse los brazos que estaban apresados con el peso del cuerpo, y al final sacó uno con fatiga y eran así los cuajarones, bendito, a chorros, y la tronera aquí en el pecho, muestra Agripina como si fuera ella la que estuviera dejando la vida por momentos y él aprieta el botón pues es inútil contar todo, decirlo así, en ese mismo tono, y el resto de los muertos ni mencionar siquiera, son demasiados, eso parece un western, se iba a burlar el jefe de redacción: recorta.

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