Matar el tiempo
El tiempo en la playa corre distinto. No es el mismo tiempo del páramo, ni de la selva. Tampoco es el tiempo de los manglares, ni mucho menos el de la ciudad. El tiempo de la playa corre distinto y Albalucía lo sabe. «El aire se detiene en el tiempo, de repente, y el tiempo vuela como el aire». El bamboleo en el aire y la conversación musical no son simples adornos del paisaje costero. El ritmo habita las olas, los truenos, las palabras. Barthes dice que el relato está en todas partes, como la vida misma; pues bien, el ritmo está ahí para ser la vida misma. Para ser marejada y nube y relato. Para ser ese coco, corroído por la sal y la arena, que las olas depositaron como recordatorio de su fuerza. Todo tiene su ritmo. Lo comprenden los cangrejos que excavan túneles, quienes se apresuran a entrar en ellos apenas divisan una amenaza, como un montón de estrellas fugaces que surcan el cielo en busca de un agujero en el cual refugiarse. También saben de ello las tortu...