Matar el tiempo


El tiempo en la playa corre distinto. No es el mismo tiempo del páramo, ni de la selva. Tampoco es el tiempo de los manglares, ni mucho menos el de la ciudad. El tiempo de la playa corre distinto y Albalucía lo sabe. «El aire se detiene en el tiempo, de repente, y el tiempo vuela como el aire».

El bamboleo en el aire y la conversación musical no son simples adornos del paisaje costero. El ritmo habita las olas, los truenos, las palabras. Barthes dice que el relato está en todas partes, como la vida misma; pues bien, el ritmo está ahí para ser la vida misma. Para ser marejada y nube y relato. Para ser ese coco, corroído por la sal y la arena, que las olas depositaron como recordatorio de su fuerza.

Todo tiene su ritmo. Lo comprenden los cangrejos que excavan túneles, quienes se apresuran a entrar en ellos apenas divisan una amenaza, como un montón de estrellas fugaces que surcan el cielo en busca de un agujero en el cual refugiarse.  

También saben de ello las tortugas, que, año tras año regresan a las playas a sembrar su legado bajo la arena. ¿Cuánto tiempo vive una tortuga? Una tortuga es el tiempo mismo.



La volteada de la tortuga

[texto en ¡Oh gloria inmarcesible!, de Albalucía Ángel, 1979]


A Fanny y Samuel

Dejo mi sexo a la medusa de cabellos de serpiente, 
mi mano derecha a la revolución,
mis dos pies a la memoria de Arthur Rimbaud
―Gonzalo Arango


Oh, lady! When I hear the train who comes from los Angeles…, canta Orson Christopher, con los ojos cerrados, estirado en el suelo cuan largo es, como dos metros. Hay un olor a coco y a mayá, a hierbas aromáticas, y un sonido muy leve de vidrios que entrechocan. Mercurio canturrea gorgoritos, pataleando en su hamaca pequeñita, mirando todo con sus ojos azul de metileno, muy abiertos. El aire se detiene en el tiempo, de repente, y el tiempo vuela como el aire, con una fuerza incontenible, pura, rítmica: son los sonidos del Aleph, el girar infinito del Mandala, un canto azul de goce abierto, un palpitar de pájaro, una respuesta al sol, que es devorado por el mar, muy lentamente con su color vidrioso. Asisten en suspenso al espectáculo. Cavilan. Como una sombra grácil, ofrece Fanny té, de hojitas de naranjo. La voz de Orson Christopher vuelve a escucharse, contándoles la historia del espíritu que se encerró en un frasco hasta que una niñita lo destapa: hay que enterrar los brujos con una espada negra de madera y otra de acero, atravesando el corazón, les asegura, porque si no los brujos se apoderan de las personas muertas pues el cuerpo se muere pero el espíritu no: se queda vivo: mi abuelo contaba que él conoció en la isla a un man colono que se había vuelto cerdo; todo eso en jeringonza, en su espanglish con ritmo acelerado, sincopado, muy rauco, interrumpido por risitas que sin dominio cortan el ambiente, y regresa entonces el silencio. Ese calor violeta de la luz. El Cabo Key a distancia, de un tono seco, agreste. Los desgarrones de aquel espacio cósmico en que navegan los cuadros de Samuel. Su acento de extranjero en el planeta. Su acto de fe. El apacible rostro de quien lleva, al mismo tiempo que su barba de duende, una apacible incógnita. Una respuesta a nada. Un porvenir lleno de goces prohibidos, porque bendito aquel que tala las virtudes y se construye un templo de sí mismo. Una casita de música da vueltas con la brisa haciendo que el aire tintinee. Una tortuga vive lo menos ciento veinte años, cuenta Christopher Orson, Orson el Cristo, como lo llama Fanny: una vez me tocó la cacería de una. Permanecen semanas aparejadas con el macho, flotando sobre el agua, y luego la hembra se va y pone los huevos, luego regresa y se acoplan otra vez. Un día a una tortuga la agarraron entre unos pescadores y el macho vino a la playa y armó un escándalo: gritaba. Y la tortuga ahí, patasarriba, con su cara de morrocoy, mirándote, como diciéndote, pero qué coño pasa, hermano: cómo van a acabarme, a mí, que soy el tiempo.

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