Colombia es un país intrincado y complejo. Tal vez, se me dirá, muchos otros lo son. No tengo nada qué objetar. Vivir en Colombia, recorrer sus caminos, hablar con su gente, son experiencias fragmentarias, tal como lo es el pensamiento mismo. La forma en que Albalucía escribe «Colombina, la golosina de verdad» responde a esta misma lógica. Entre la huelga de los trabajadores del Ingenio Riopaila en 1976; vistazos a la violencia de estado —paramilitarismo— y a sus efectos en la vida de Agripina; descripciones de las dinámicas del territorio, así como sus transformaciones; fijaciones particulares, sensaciones, actividades; e incluso elementos de la cotidianidad, como marcas de cerveza y de zapatos; Ángel produce un tejido que nos remite a la complejidad del mundo y sus representaciones. Su narración tampoco es unívoca; en ella se imbrican, además de una vocecita omnisciente, las voces de Elías y Agripina, su madre. Ellas no hablan sólo de su historia particular, también hablan d...